El jinete y el elefante es una metáfora que utiliza Jonathan Haidt para explicar que el hombre no es, ni por asomo, tan racional como se cree. Hoy, hablamos de la importante de comprender la metáfora del jinete y el elefante para comprendernos mejor a nosotros mismos.

¿Qué es la hipótesis del jinete y el elefante?

La hipótesis del jinete y el elefante de Haidt es una especie de metáfora que trata de explicarnos por qué se nos da tan mal cumplir con los objetivos que nos marcamos.

Y es que, lo queremos o no, estamos programados para no cumplir con nuestros objetivos a largo plazo.

Para explicar por qué sucede esto, Haidt habla de que, en realidad, no tenemos una única mente, sino dos: Uno racional y otro intuitivo.

Esta separación es muy frecuente en psicología. De hecho, Kahneman (el único psicólogo que ha recibido el Premio Nobel de Economía y uno de los psicólogos más prestigiosos del mundo) también diferencia entre estos dos tipos de sistemas que operan en nuestra mente.

Estos serían los dos sistemas que tenemos:

  1. Racional: Por un lado, tenemos el sistema racional, que es el más consciente y reflexivo, el que piensa en el futuro, hace análisis concienzudos y no se deja llevar por los instintos. Es, naturalmente, el sistema que más nos interesaría utilizar en la mayoría de las ocasiones. Pero tiene un problema: Es muy lento.
  2. Intuitivo: Por otro lado, tenemos el cerebro intuitivo, que se guía por instintos y da respuestas rápidas e irreflexivas, a menudo emocionales. Este sistema es muy rápido, pero las respuestas y soluciones que ofrece no son siempre las mejores.

Tener estos dos sistemas es algo completamente normal, y también es normal que la parte intuitiva acostumbre a ser mucho más poderosa que la racional.

¿Por qué?

Pues porque es la más antigua. Todo animal tiene ese sistema emocional e irreflexivo, pero somos los únicos que tenemos tan desarrollado el sistema racional.

El sistema intuitivo lleva millones de años con nosotros, mientras que el sistema racional sólo lleva unas decenas de miles de años.

El sistema intuitivo responde a lo más primario: La supervivencia. Por eso es más fuerte, porque, si él falla, se va a tomar por culo todo.

El problema es que, hoy en día, el riesgo de que se vaya a tomar por culo todo es mínimo, y, sin embargo, el cerebro sigue operando como si viviéramos en la sabana.

Por ejemplo, si te apuntas al gimnasio, lo haces utilizando el sistema racional. Sin embargo, cuando al día siguiente dices “ya iré mañana”, lo está diciendo el cerebro intuitivo.

¿Por qué? Porque a ese sistema emocional, irreflexivo y más instintivo, lo que le parece importante es que no malgastes tontamente tu energía, porque quizá la necesites para huir de un león.

¿Ves por dónde van las cosas?

Vale, vale… ¿Pero qué pintan aquí un jinete y un elefante?

Lo que hace Haidt con esta metáfora es reinterpretar aquella idea de Platón que decía que en el hombre hay un auriga que intenta gobernar un caballo desbocado.

Sustituye al auriga por un jinete y al caballo por un elefante, y con eso nos ofrece una visión clara de lo que hemos explicado en el apartado anterior.

Tal y como él dice:

A simple vista, es obvio pensar que el jinete es quien manda (en teoría, así es), por eso lleva las riendas. Pero el elefante es mucho bicho para ser doblegado por algo tan pequeño y, a menos que ambos vayan muy alineados, la disputa está asegurada, y normalmente será el elefante el que gane.

Jonathan Haidt

Se entiende el asunto, ¿no?

Todos creemos controlarnos a nosotros mismos. Creemos que somos un jinete perfecto. Pero lo cierto es que, por buenos jinetes que seamos, el elefante es mucho más poderoso que nosotros.

Y el elefante es ese sistema intuitivo que busca la gratificación instantánea, que es perezoso, emocional, instintivo y, en definitiva, peligroso (¡aunque también fundamental para sobrevivir, no lo olvides!). Además, es un bicho que funciona con hábitos, no le gustan mucho los cambios.

Ahora, el elefante tiene sus virtudes, también: Es muy determinado y, si está convencido de algo, lo consigue, porque no le falta energía. Y, además, posee importantes sentimientos como la solidaridad, la pasión o el afecto (aunque también otros como el egoísmo, el odio o el miedo).

El jinete, por su parte, es el planificador, el que organiza la vida a largo plazo, el que analiza y evalúa las situaciones y está dispuesto a hacer cambios drásticos.

Evidentemente, con dos componentes tan distintos, es normal que, a menudo, el elefante y el jinete no quieran lo mismo, y, como decíamos, cuando ambos están en desacuerdo, el que suele ganar es el elefante (que para algo pesa seis toneladas).

Entonces… ¿Cómo domino al elefante? Algunos trucos

Si has entendido que no eres tan racional como te crees y que gran parte de tus decisiones no las tomas tú, sino ese elefante que es tu inconsciente, te felicito, ya has llegado más lejos que la mayoría de las personas.

La mayoría de las personas no se atreven a aceptar que hay un elefante silencioso dirigiendo sus vidas más de lo que ellos mismos lo hacen. Así que enhorabuena.

Ahora, el siguiente paso es resolver una pregunta obvia tras asumir lo anterior: ¿Cómo domino al elefante y lo hago hacer lo que a mí me interesa?

Pues hay diferentes trucos, que vamos a ver a continuación:

Tómate un tiempo para reflexionar

Voy a explicarte un experimento que llevaron a cabo Joe Paxton y Josh Greene con sus alumnos de Harvard.

El experimento consistía en lo siguiente: A todo el grupo de alumnos se les presentaba un caso de incesto entre dos hermanos adultos que usaban protección en sus relaciones sexuales.

Después, a la mitad de los alumnos se les daba un argumento débil y superficial a favor de lo sucedido (“de este modo hay más amor en el mundo”) y a la otra mitad se les daba un argumento sólido y racional (“la aversión al incesto tiene su origen en una adaptación evolutiva para evitar defectos de nacimiento, pero, puesto que usan protección, esta preocupación no es relevante”).

Y, a continuación, pidieron que respondieran al momento. Tan pronto como se les explicaba el caso y se les daban los argumentos, se les pedía que respondieran y dijesen qué les parecía.

Y todos, tanto los que habían recibido el argumento débil como los que habían recibido el argumento fuerte, decían que aquello estaba mal. Algunos ni siquiera lo justificaban. Simplemente, les parecía que aquello estaba mal.

Con otro grupo de alumnos hicieron exactamente lo mismo, con la única diferencia de que, en lugar de preguntarles qué les parecía el asunto tan pronto como les presentaban el caso y los argumentos, les preguntaban dos minutos después.

¿Y sabes qué pasó?

Los que recibieron el argumento superficial siguieron diciendo que aquello les parecía mal, pero los que recibieron el argumento racional mostraron un grado de aceptación notablemente superior al de sus compañeros que habían respondido al mismo argumento racional de forma inmediata.

¿Por qué?

Sencillo: Porque, ante el caso presentado, el elefante tomaba automáticamente la decisión y la opinión “esto está mal”, y el jinete, simplemente, intentaba justificar lo sucedido.

Al dar más tiempo para la reflexión, la fuerza del elefante se desvanece, mientras que la fuerza del jinete aumenta. Así, se pasa de un ámbito de decisión emocional e intuitivo a uno racional, y acaba primando el jinete.

Te cuento esto para que comprendas que, si quieres tomar mejores decisiones en tu vida, es importante que reflexiones.

Es muy probable que muchas de tus malas decisiones las haya tomado el elefante porque no te paraste 5 minutos a relajarte, respirar profundo y reflexionar.

Si lo haces, el elefante se hace más débil y el jinete toma más fuerza.

Así que, simplemente, controla un poco tus impulsos. No tomes decisiones en caliente. Acostúmbrate a respirar profundo y a no decidir las cosas con rapidez. No des respuestas instantáneas. Espera. Reflexiona. Deja que el elefante pierda fuerza.

Dirige al jinete

En primer lugar, para tomar buenas decisiones a largo plazo, debes dirigir al jinete. Esta es la parte más fácil, porque, al fin y al cabo, el jinete es tu tú más tú. Es con quien puedes razonar, así que no deberías tener mucho problema.

En este sentido, es recomendable lo siguiente:

  1. Visualiza el destino: En primer lugar, visualiza el destino al que quieres llegar. Dedica un tiempo a la reflexión y a pensar qué quieres conseguir. Por ejemplo, si quieres ir al gimnasio, visualiza tu buen físico, cómo empiezas a resultar más atractivo a las mujeres, etc.
  2. Ten reglas: El siguiente paso es ponerte reglas sencillas pero eficaces para tener mayor control sobre el elefante. Por ejemplo, puede ser buena idea ir al gimnasio tras volver del trabajo o de la uni, sin pasar por casa, porque, una vez llegas a casa, el elefante no tiene ganas de volver a salir.
  3. Ve poco a poco: Aunque hayas visualizado el destino, no te pongas metas imponentes de primeras. Ve poco a poco. Ladrillo a ladrillo. En vez de tener el objetivo genérico de “estar fuerte”, ponte el objetivo claro y asequible de perder 2 kg (o ganarlos, si eres delgado). Ponte objetivos cuantificables.

Motiva al elefante

El siguiente paso es mejorar la motivación del elefante. Ya dijimos que el elefante es un bicho de hábitos y que no le gustan los cambios, por lo que tenemos que ofrecerle algo que le haga cambiar el chip y poner su fuerza a trabajar con nosotros.

Estos son los principales consejos:

  1. Busca el sentimiento: El elefante no es un animal racional, así que no le vas a convencer de ir al gimnasio diciéndole que dentro de 40 años su riesgo de tener osteoporosis será un 12% menor. Tienes que ofrecerle razones emocionales, como que podrá ligar más o que dejará de recibir bullying.
  2. Apela a la identidad: Si quieres convencer al elefante, no vas a conseguir gran cosa si le hablas de las consecuencias de sus decisiones. En cambio, lo lograrás si le hablas de su identidad. En lugar de decirle: “si no haces ejercicio no estarás saludable”, dile “haz ejercicio, eres un tipo con determinación y puedes demostrárselo a los demás poniéndote fuerte”.
  3. Busca motivaciones: Sean buenas o malas. Quizás puedas apelar a la lealtad (“podrás proteger mejor a tu familia si estás fuerte”), pero también puedas apelar a la ambición (“lograrás más cosas si estás fuerte”). Con el elefante, estas motivaciones en base a valores generales funcionan mejor que los razonamientos.

Modifica el camino

Por último, tanto para ti como jinete como para el elefante (que, aunque lo tratemos como algo diferente, también eres tú), será más fácil recorrer el camino que os proponéis transitar si lo arregláis un poco y lo volvéis un camino más fácil.

Así es como lo puedes conseguir:

  1. Crea hábitos: Como ya dijimos, el elefante es un animal de hábitos, y no le gustan los cambios. Pero eso es algo que puede jugar a nuestro favor. Si logramos establecer un hábito, el elefante lo mantendrá sin discutirlo. Y, para nosotros como jinetes, nos resultará más fácil, porque no tendremos que tomar decisiones conscientes constantemente. Un buen hábito sería, por ejemplo, ir al gimnasio tras volver del trabajo, sin pasar por casa. Si te acostumbras a ello, tendrás el trabajo hecho.
  2. Cambia el entorno: El entorno puede jugar en tu contra, por lo que cambiarlo puede ser una buena idea. El entorno es todo lo que te rodea, desde infraestructuras hasta objetos. Cambiarlo, puede suponer un gran cambio. Por ejemplo, imagina que tienes coche y sólo lo usas para ir al trabajo, que está a media hora andando. Una buena forma de cambiar tu entorno sería vender el coche y empezar a ir andando al trabajo.
  3. Busca al grupo: Los cambios de comportamiento son contagiosos, así que tratar de llevar a cabo estos cambios en grupo hará que sea mucho más fácil. Al fin y al cabo, buscar un grupo, en cierto sentido, es una forma de cambiar tu entorno. Prueba a encontrar un grupo en tu gimnasio y notarás cómo mejoras más rápidamente y tu elefante pone menos pegas (por eso el crossfit tiene tanto éxito).
  4. Quema los barcos: Por último, hay una fórmula de cambio de entorno que es brutal, pero, precisamente por ello, eficaz. Se trata de “quemar los barcos”. Por quemar los barcos entendemos tomar una decisión que nos obliga a cumplir con nuestro objetivo incluso en los peores momentos, cuando más manda el elefante. Por ejemplo, eliminar toda la comida basura de casa es quemar los barcos, porque, aunque el elefante te tome por completo y quiera comer comida basura, no podrá, porque no habrá nada.

Como puedes ver, la metáfora el jinete y el elefante es muy útil para conocernos a nosotros mismos. Comprender que no somos plenamente racionales (ni tan siquiera, mayoritariamente racionales) nos permitirá lidiar mejor con el día a día y actuar de formas más inteligentes.

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